VISITA AL VIAJE DE AGUA DE AMANIEL
RECORRIDO: DEHESA DE LA VILLA-FUENTE DEL CAÑOGORDO
DOMINGO 10 DE ABRIL A LAS 12 H. SALIDA: KIOSCO DE LA PALOMA
LOS VIAJES DE AGUA
Desde siempre el nombre de nuestra villa ha estado unido al de sus venas de agua. Juan Ruiz de Alarcón lo apunta en el siglo XVI: Madrid que a Venecia burla en agua.
Y Alonso Núñez de Castro describe nuestra villa en el año 1699: Estriban los edificios de Madrid sobre cabezas de montes, como la soberbia Roma, pero tan fecundos de aguas dulces, que a cada paso se descubren manantiales y se fabrican fuentes.
El lema del más antiguo escudo de Madrid es:
Fui sobre agua edificada
mis muros de fuego son
esta es mi insignia y blasón.
Y es que la villa debe su nombre al agua. Al menos, así lo argumenta Jaime Oliver Asín en su libro Historia del nombre de Madrid. En Madrid se mezclaron durante siglos diferentes pueblos llegado de remotas tierras con otros ya asentados en la península, y también se mezcló su lenguaje: el latín combinado con las lenguas celtíberas da lugar al romance que convive con el árabe y los dialectos bereberes cuando el alcázar de Mayrit es nombrado como tal en los primeros documentos. Según argumenta Oliver: el nombre de Madrid procede de un híbrido de mayra (viaje de agua en árabe) e it (del etum latino: abundancia en romance), es decir, donde abundan las mayras.
Los viajes de agua, los Mayrat, son un complejo sistema de galerías subterráneas que penetrando en la zona saturada recogen las aguas de infiltración conduciéndolas hasta las puertas de la ciudad, donde daban comienzo las galerías de conducción que iban a morir a las fuentes públicas.
El origen de los viajes es oriental, típico de ambientes desérticos. Los primeros que se conocen, se sitúan en Armenia, yendo desde el lago de Van hasta las fuentes del Tigris, remontándose a edad Caldea. Otros lugares donde se encuentran son en la meseta del Irán; en Naysabur, Persia; en los oasis saharianos al sur de Túnez y Argelia; en Marruecos, etc. Dentro de España son más escasos, con muestras de ellos en el Alamín, Alcalá de Henares, Puebla de Montalbán, Ocaña, etc. Alguno de los guerreros, viajeros o santones, que acudían desde el más remoto Oriente al r
ibat de Mayrat, pudo traer esta técnica hidráulica.
Desde el punto de vista militar el papel de los viajes de agua es capital en caso de asedio: los sitiadores no tendrían idea de donde sacaban el agua los sitiados; además las kilométricas galerías podían ser utilizadas por los defensores para ocultarse y así entrar o salir a escondidas.
La técnica de construcción consistía en abrir pozos hasta alcanzar la zona saturada, uniéndolos en dirección a la ciudad por medio de minas que también captaban agua, y revistiéndolos o no, dependiendo de la consistencia del terreno.
Los puntos de arranque de las minas estaban situados casi siempre al norte y este de la Villa, principalmente en el camino de Fuencarral y de Alcalá, distante entre 7 y 12 kilómetros, y con desniveles que oscilaban entre los 80 y 100 m., lo que equivale a una pendiente en torno al 1%.
En general las minas o galerías de captación se prolongaban hasta las puertas de la ciudad, siendo su tamaño tal que permitiera el paso de un hombre. Se comunicaban con el exterior por medio de un pozo de aireación cubierto con un
De trecho en trecho se construían una serie de depósitos subterráneos, “arcas o cambijas”, para que las aguas reposasen o cambiasen de dirección.
A la llegada de los viajes a la ciudad comienza la red de distribución, por medio de galerías de conducción similares a las de captación pero revestidas interiormente y provistas de canalones de distinta naturaleza (canaleta, tubería de barro, tubería de hierro fundido, etc.), para facilitar la circulación del aguda, yendo a morir a las fuentes públicas o privadas. Allí iban a recoger el agua en un principio los propios vecinos, surgiendo posteriormente un nuevo oficio, el de aguador. En algunos puntos se disponía de elementos funcionales para la administración del agua como era el caso de las arcas de medidas de caudales.
Parece ser que la primera mina que se construyó fue siguiendo la vena del manantial de las Fuentes de San Pedro (actual Puerta Cerrada), prohibiendo el Fuero de 1202 lavar tripas en el trozo de alcantarilla entre las fuentes de San Pedro y la parte alta de la ciudad: “Qui tripas lavare del alcantariella de Sancti Petri ad aribas, pede I octaua morabetino a los fiadores”.
Durante la Edad Media y hasta el reinado de Carlos I, en el que se trabajaba en el viaje de la Fuente del Berro, en el camino de Alcalá, no se ha encontrado ninguna referencia sobre los viajes de agua, aunque sí del proyecto más antiguo que se conoce de traída de aguas a Madrid, que data de 1454 en el reinado de Juan II y trata de aprovechar las aguas del río Jarama desde el puente de Viveros hasta el Manzanares, junto al puente de Segovia, trayéndolas hasta el pie de la Torre de la Iglesia de San Pedro, en la calle Segovia.
En 1561, Felipe II decide trasladar la corte a Madrid. Por estas fechas, la Villa contaba con menos de 14.000 habitantes, cifra que asciende al instalarse en ella la corte a 46.209 en 1594, constituyendo el grueso de su abastecimiento las aguas que suministraba el viaje de la Alcubilla, con un caudal medio de 28 reales fontaneros (80 m3/día), lo que suponía una dotación de 3 l/h/d, totalmente insuficientes para dicha población. En 1601, Felipe III traslada la corte a Valladolid: “Ciudad con ríos útiles y ricos manantiales”. En 1606, vuelve la corte a Madrid, y como la necesidad de agua seguía siendo grande, Felipe III ordenó que se buscasen nuevos “surtidores” que dieran agua a las fuentes. Para ello,, se hicieron diversas tentativas de abrir nuevas minas en los alrededores de Madrid, reencontrándose los viajes del Alto y Bajo Abroñigal, en los que se hicieron nuevas galerías, entrando en servicio el Alto Abroñigal en 1614 y, el Bajo Abroñigal, en 1617. Asimismo se construyó el viaje de la Castellana (1614-1621). También de estas fechas data el viaje de Amaniel, que conducía sus aguas al antiguo Alcázar, por lo que también era conocido como el viaje de Palacio.
A lo largo del siglo XVII, durante el XVIII y la primera mitad del XIX, los viajes de agua son la única fuente de abastecimiento de la ciudad y constante tema de preocupación, pues aunque existían pozos en las casas, las aguas de éstos sólo se usaban para regar los jardines. Es por esto que en 1617 se creó la “Junta de Fuentes”, encargada no sólo de buscar nuevas minas, sino también del cuidado, reparación y distribución del agua, así como de controlar los caudales de los viajes. El caudal de los viajes se medía en “reales fontaneros”, cantidad de agua que sale por un tubo del diámetro de un “real de vellón”, que se subdivide a su vez en medios reales y cuartillos.
Desde el siglo XVII, las aguas de los viajes propiedad de la Villa se dividían en cinco grupos: 1) Aguas destinadas a fuentes públicas. 2) Aguas destinadas a particulares que la adquieren por venta real. 3) Aguas destinadas a particulares, adquiridas a censo o arrendadas. 4) Aguas de compensación. 5) Aguas de gracia. En cuanto a la calidad de las aguas que suministraban, se diferenciaban dos tipos de viajes, los de aguas “finas” (que cocían bien los garbanzos) y los de aguas “gordas” o “tercas”. Esta distinción se hacía en función del peso de una arroba de agua.
La primera mitad del siglo XVIII está caracterizado por numerosos estudios, proyectos y notas sobre posibles abastecimientos a Madrid, sin dar ninguno de ellos resultados efectivos. Mientras tanto la capital seguía abasteciéndose de agua de los viajes, que sufrían constantes reformas y ampliaciones, como las que en 1712 se hicieron para dotar las fuentes de la Puerta del Sol, Red de San Luis y Antón Martín, o las acometidas en 1722 para aumentar el caudal de los cuatro viajes principales: Alcubilla, Castellana, Alto Abroñigal y Bajo Abroñigal.
El mantenimiento de los viajes de agua cada vez era más gravoso para el municipio, pues a medida que aumentaba la población, y por consiguiente el casco urbano, se afectaba el sistema de galería, en las que se producían contaminaciones y continuos derrumbamientos. Por este motivo, en 1736 el Ayuntamiento creó un impuesto de ocho “maravedís” por cabeza de carnero que entrase en la población, impuesto destinado al ramo de fontanería, realizándose en 1741 nuevas obras en el viaje de la Alcubilla para aumentar su caudal; en 1744 en el de la Castellana; en 1771 en el Bajo Abroñigal; en 1796 en el Alto Abroñigal, abriéndose en 1757 el viaje de los Gremios. En 1782, el Maestro Juan de Fuentes realiza un informe sobre el estado de las aguas en el que da un aforo total de los viajes de “257 reales y 11 pajas”. En 1786, siendo ministro de estado el conde de Floridablanca, la población de Madrid ascendía a 156.022 vecinos, que empezaban a sufrir las consecuencias de la escasez de agua. Cuentan que al plantearle el problema a Carlos IV, éste contestó: “¿Y qué quieren que haga? Un rey no está en el trono para hacer milagros”.
En 1819, el Ayuntamiento convoca un concurso de 2.000 pesos y los Honores de Regidor al autor de la mejor memoria que propusiera la traída de un caudal abundante al paraje más alto de Madrid para introducirlo en las minas, Se trataba, pues, de modificar el método de captación, conservando el de conducción. También se llevaron a cabo por estas fechas algunas tentativas para obtener agua por medio de pozos artesianos, pues según opinión de los geólogos, había posibilidades de éxito perforando la capa del terreno terciario. En tal sentido, e influenciados por la idea del modelo de la cuenca artesiana de París, se hicieron diferentes sondeos por cuenta del Real Patrimonio (Fernando VII), por el Ayuntamiento de Madrid y por el Sr. Matheu, que llevó la sonda hasta 195 m. sin resultados positivos.
A pesar de los numerosos proyectos realizados, en la primera mitad del siglo XIX Madrid seguía bebiendo de los viajes, por lo que el Ayuntamiento, principal propietario de los mismos, seguía abriendo nuevas minas, ampliando las antiguas, haciendo reformas, etc; así por ejemplo, en 1821, se redescubre el viaje de las Pascualas; en 1815, el de Bajo Retiro; en 1836, el de Pajaritos; en 1819 se amplía el de San Dámaso; en 1839 se abrió un nuevo pozo en el Alto Abroñigal para aumentar sus aguas; en 1880 y 1832, se amplía el de la Alcubilla; en 1829 se inaugura el del Retamar; en 1868 se redescubre el de las Harinas; en 1821 se inaugura el de Conde Salinas; y en 1855, el de la Reina, último viaje construido en Madrid para el abastecimiento en verano a la Villa.
En 1845 el señor Procurador Síndico don Pablo de Rozas y Organiza propone los medios que considera oportunos para aumentar el agua de los viajes en el verano, que son: usar el agua de los viajes de las Descalzas Reales; introducir en Madrid el agua de la Fuente de los Once Caños; aumentar el viaje de la Alcubilla con un manantial que nace en Peñagrande; y, por último, aprovechar los viajes de aguas gordas (Leganitos, Pajaritos, Segovia, Hospital, Conchas, Neptuno, Atocha y Toledo), así como el de las norias.
Ante la necesidad perentoria de abastecer de aguas potables a la capital que ya contaba con más de 200.000 habitantes, el 10 de marzo de 1848, el Sr. Bravo Murillo firma una Real Orden nombrando una comisión para el examen de proyectos sobre el abastecimiento de aguas a Madrid. La comisión la forman don Juan Rufo y don Juan de Ribera, quienes redactan una memoria sobre la posibilidad y conveniencia de conducir a Madrid las aguas del río Lozoya.
El proyecto fue aprobado, y el 11 de junio de 1951, el rey consorte don Francisco de Asís, colocaba la primera piedra de las obras del Pontón de la Oliva. Se encargaron de las obras los ingenieros Rafo y Ribera en unón de García Otero, Del Valle, Barrón, Morer y Cervignon, conduciendo las aguas de Madrid desde la presa por medio de un canal de fábrica de 70,04 kilómetros de longitud hasta los altos de Chamberí, donde se encuentra el depósito de aguas conocido con el nombre de Canal de Isabel II. Las obras duraron siete años, llevando las aguas del río Lozoya por primera vez a Madrid, el 24 de junio de 1858, festividad de San Juan.
La entrada del Canal de Isabel II no supuso el abandono radical de los viajes de agua, sino que éstos siguieron funcionando, aunque poco a poco se fueron deteriorando debido a la falta de conservación y al olvido por parte del municipio. A lo largo de más de un siglo, los tramos que sufren hundimientos y las tuberías que se rompen no se reparan; al abandono se añade la construcción de nuevos edificios, líneas de metro, aparcamientos subterráneos, etc., que van demoliendo las galerías, o simplemente rellenándolas de hormigón donde las cimentaciones lo precisen. Estos hechos unidos a las fugas del alcantarillado y al crecimiento del casco sobre los tramos de captación hace que las aguas de los viajes se vayan contaminando paulatinamente. Las fuentes públicas, que eran alimentadas por viajes, poco a poco se van cerrando, o simplemente se les introduce agua del Canal de Isabel II.
VIAJE DE AGUA DE AMANIEL
Construido entre 1614-1616, es conocido también como viaje de Palacio porque se creó durante el reinado de Felipe III para abastecer al Alcázar. Nacía en el norte de Madrid, cerca del cementerio de Fuencarral, dividiéndose a continuación en dos ramales: uno atravesaba la Dehesa de la Villa, y el otro que iba a través de la huerta del Obispo, hoy colonia de Villamil. Confluían ambos en la Quinta de los Pinos, al final de la Dehesa de la Villa, y a partir de este lugar discurría a lo largo de la calle Guzmán el Bueno, atravesando el antiguo cementerio conocido con el nombre de las Calaveras, actual Estadio de Vallehermoso.
A la altura de Fernando el Católico se derivaba llegando a la Glorieta de San Bernardo. Desde esta plaza seguía de nuevo por San Bernardo, entraba en la calle Quiñónez a San Dimas, Norte, Noviciado y Amaniel. Atravesaba la Plaza de los Mostenses y la actual Gran Vía para, por Leganitos, llegar a la calle de la Bola y a San Quintín, terminando en la calle Bailén, en la Plaza de Oriente. La extensión de este viaje era de 2 km; siendo la cantidad de agua arrojada en 24 horas de 99.000 litros. La propiedad era del Real Patrimonio.
En la actualidad pueden verse parte de sus galerías junto a la calle Juan XXIII, frente al acueducto de Amaniel, las cuales han salido a la luz con motivo de la construcción de un parque en la zona. Alertada por unos vecinos, la Coordinadora “Salvemos la Dehesa de la Villa” logró que se paralizaran las obras que amenazaban los restos del antiguo viaje de Amaniel y se procediera a realizar un estudio arqueológico de la zona. En ésta, según recuerdan numerosos vecinos, se encontraba la célebre Fuente del Cañogordo, junto a la Casa Rogelio, lugar muy frecuentado en la época por encontrarse en el camino que conducía al antiguo campo del Metropolitano, donde, entre otras actividades, se jugaba a la rana y celebraban bailes y toreo de salón.
COORDINADORA
“SALVEMOS LA DEHESA DE LA VILLA”
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